lunes, 28 de julio de 2014




Por Juan Bonilla


Algún día volveremos al firmamento,
                                              al espacio.
Viajaremos por tiempos remotos,
sorteando asteroides
y galaxias de espiral
hasta llegar a un agujero negro:
ahí nos miraremos como en un espejo,
ahí sabremos de qué color
           son nuestros ojos en la eternidad.



*
Derribarse  como ola llegando a la orilla,
permitir la caída del alma,
el breve tintineo al romperse
                                    contra la arena.

*
Por las colinas
va el sol sin tiempo.
Tiñe la hierba y su resplandor

              pace entre las acacias.


*
Si la mariposa tejiera mis sueños,
en vez de la araña,
serían hierba florecida en la memoria
y no crepúsculos de seda
                  en el olvido de la mañana.

Las dos jaulas



Por Maira Alejandra Quintero



Monchi tiene dos jaulas. Las dos las compró en una feria de remates. Las dos están vacías. Monchi espera poder utilizarlas para lo que son: para meter algún pájaro cantor o hámster roñudo. 

     Ya está cansada de verlas ahí colgadas sin nada adentro y tiene un plan: va a dejar las jaulas abiertas con comida para ver qué cae. Está segura que por la noche algún pájaro entrará y armará su nido en cualquiera de las dos jaulas. Pero  bueno, al final se arrepentirá, tal vez por temor o por pereza, y no hará nada de lo que tenía planeado. 

     El caso es que las jaulas seguirán vacías hasta que Monchi venda la casa y el nuevo dueño, después de verlas y no encontrarle utilidad alguna, decida rematarlas en una feria de objetos usados. Lo que es una ironía, ya que desde el momento en que las hicieron, las dos jaulas jamás han tenido nada adentro, aparte del aire invisible que les corroe diariamente los barrotillos.

Cuestión de esperas


Por Karen Gisela Garcés Niño



Salí corriendo desesperado. Ahí estaba ella. Me le acerqué y ni siquiera me miró. Cuando le pregunté por qué me ignoraba, me respondió que no me estaba esperando a mí, sino al tren en el que llegaba. Dos minutos después se marchó. Me pregunto ahora, si es acaso posible que, por alguna extraña coincidencia, ella viaje sentada en el mismo asiento en el que  yo venía.

El último gusto



Por Negger Prada Rincón


Anoche soñé que era soldado y corresponsal de guerra, que viajaba en una avión con otros soldados y que dábamos coordenadas al piloto para que disparara. Todo era muy confuso: el avión se tambaleaba y veíamos estallar afuera los disparos y las bombas.

La verdad, no sentí miedo en ningún momento. Era un honor estar ahí defendiendo a la patria o a  la libertad o a lo que fuera el motivo de nuestra guerra (que sin duda alguna,  debía ser algo importante, ya que estaba convencido de que matar era necesario).

 Recuerdo que todos creíamos que íbamos a morir, y  por eso el piloto descendió a tierra para darnos un último gusto: comer hamburguesas en un puesto ambulante. Mientras comíamos, el resto de nuestra  flota de aviones sobrevolaba la zona en dirección al sur.

Minutos después sólo eran pequeños círculos en llamas, fragmentos de hierro y carne que se precipitaban a tierra a causa de una emboscada enemiga.  Entonces nosotros corrimos al avión, nos subimos y despegamos sin haber terminado las hamburguesas. Pero ya era demasiado tarde: el enemigo huía rápidamente hacía el horizonte, la noche cedía con los primeros rayos de sol, y la muerte, que tanto esperábamos, se iba con ellos.




Simón, el rey del estanque


Por Jeferson Murallas


Una piel plateada haciendo de espejo, una larga espada en su nariz y una pose imponente surcaban las aguas del gran estanque. Simón, era temido por unos y admirado por otros. Sus grandes aspectos lo postulaban  como el rey de la laguna; título al que no le prestaba mucha atención, pues su único interés se enfocaba en un viejo baúl que permanecía en el fondo; lugar al que nadie se acercaba por su macabra presencia.

Los días de Simón eran tranquilos, pacíficos. Siempre hacía el mismo recorrido a través del estanque. Pero todo cambió de repente. La llegada de otro pez imponente hizo que la tranquilidad de Simón se perdiera. Raúl, un pez martillo, alimentado con esteroides durante toda su vida, se alzaba como una amenaza para Simón, ya que su título de rey hacía que fuese un punto de interés, junto a su baúl, que parecía ser el botín perfecto. Entonces, con un solo cruzar de miradas, la lucha quedó pactada. Todos, sin excepción, en el estanque notaron la terrible situación; cosa que los llevó a esconderse y a seguir desde las rocas, la fría escena.

Un día después, el silencio se mostraba como un presagio de muerte. La hora llegó. Un baile asombroso empezó entre ambos peces, que hacían movimientos con intención de intimidar al contrincante, pero las cosas no se solucionaron así. La verdadera batalla apenas se veía venir. Lastimosamente para Simón, los esteroides de Raúl era algo con lo que no podía lidiar. Lo más razonable para él era huir, pero su orgullo se lo impedía; adolorido, soportaba los golpes en su cuerpo.

Luego, se miraron, por un instante, se miraron fijamente e iniciaron una carrera donde solo uno de los dos saldría con vida. Chocaron en uno contra el otro. Después del impacto, el silenció apareció de nuevo, mientras gotas de sangre se diluían lentamente en el agua. Así una piel plateada que hacía de espejo, una larga espada que salía de su nariz y una imponente pose, se alejaba de la escena flotando panza arriba, hacia la superficie.


Las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas, al despertar. Con miedo noté que me había quedado dormido viendo el acuario, que nada era real, que todo había sido solo un cuento de mi imaginación y mis sueños.

miércoles, 23 de julio de 2014

El Tigagana



Por Carlos Ballesteros

Tigagana: cabeza de tigre, cuerpo de pulga y trasero de cerdo, paracito glotón, de piel blindada y habitante de la región del Orinoco.

El Tigagana: colmillos grandes, bigotes espesos y ojos profundos, con patas  peludas y muy fuertes; y en su lomo, cubierto por ligeras escamas, un blindaje como armadura;  en la parte trasera, unos 15 centímetros de cola retorcida y un aliento tan putrefacto que se siente a gran distancia.

El Tigagana merodea gran parte del Orinoco en busca  de su presa; presa que no persigue por su carne, no, su delicia se sirve en copa: la sangre, ese líquido repleto de glóbulos rojos y blancos y  de color denso es lo que desea
.

Actualmente hay un registro de 10 Tigaganas con vida. Antiguamente, los mejores cazadores ponían en un hilo su vida por cazar a la increíble bestia, ya que en el mercado su carne es tan exquisita, especialmente la de sus paletas traseras. Tan deseada  es que su precio podría valer dos o tres vidas humanas.

El Nerado




Por Andrés Mejía Piamonte

Cabeza de lobo, cuerpo de pájaro, cola de pez, sociable común, de poderoso vuelo, del celeste imperio (océano)

Mi mascota se llama Nerado.  Podría decir que es un perro porque así es su cabeza, pero a decir verdad es un bicho raro que encontré un día caminando por un bosque situado en una montaña, que terminaba en un risco gigante y su caída daba al océano.

Omnívoro, capaz de devorar y destrozar cualquier animal que se cruce en su camino, ya sea en tierra, aire o en el fondo del mar. Es lo que más me fascinó: su habilidad de adaptación, ya que puede correr, volar y nadar muy profundo. También le encanta comer plantas, frutas y verduras. Por eso, decidí un día  llevármelo a casa.

 Cuando mi mama lo vio dio un grito de muerte y Nerado se asustó  igualmente y echo vuelo por la casa, hasta que los pude calmar a los dos. Después mi mama se dio cuenta que es muy amigable y acepto que se quedara.

Es normal que en las noches le aúlle a la luna, pero suena como un canto de ave. A veces se enoja mucho y empieza a correr y a volar por todas partes,  por lo que creo que se está volviendo loco conforme pasan los días.

 Ayer, por ejemplo, lo encontré comiéndose su cola. Tal vez sea porque  no le he dejado un lugar para nadar. Así también su pelo y  sus plumas se están volviendo feas, como si envejeciera más rápido.

Lo malo es que desde hace  una semana  Nerado ya no vuela y ya casi no come.  Creo que lo llevaré de vuelta a su hogar, en la montaña, a ver si mejora. Creo que lo tiraré desde el risco mañana, para que al llegar al océano nade por  última vez.