Por Jeferson Murallas
Una piel
plateada haciendo de espejo, una larga espada en su nariz y una pose imponente
surcaban las aguas del gran estanque. Simón, era temido por unos y admirado por
otros. Sus grandes aspectos lo postulaban
como el rey de la laguna; título al que no le prestaba mucha atención,
pues su único interés se enfocaba en un viejo baúl que permanecía en el fondo;
lugar al que nadie se acercaba por su macabra presencia.
Los días de
Simón eran tranquilos, pacíficos. Siempre hacía el mismo recorrido a través del
estanque. Pero todo cambió de repente. La llegada de otro pez imponente hizo
que la tranquilidad de Simón se perdiera. Raúl, un pez martillo, alimentado con
esteroides durante toda su vida, se alzaba como una amenaza para Simón, ya que
su título de rey hacía que fuese un punto de interés, junto a su baúl, que
parecía ser el botín perfecto. Entonces, con un solo cruzar de miradas, la lucha
quedó pactada. Todos, sin excepción, en el estanque notaron la terrible
situación; cosa que los llevó a esconderse y a seguir desde las rocas, la fría
escena.
Un día
después, el silencio se mostraba como un presagio de muerte. La hora llegó. Un
baile asombroso empezó entre ambos peces, que hacían movimientos con intención
de intimidar al contrincante, pero las cosas no se solucionaron así. La
verdadera batalla apenas se veía venir. Lastimosamente para Simón, los esteroides
de Raúl era algo con lo que no podía lidiar. Lo más razonable para él era huir,
pero su orgullo se lo impedía; adolorido, soportaba los golpes en su cuerpo.
Luego, se
miraron, por un instante, se miraron fijamente e iniciaron una carrera donde
solo uno de los dos saldría con vida. Chocaron en uno contra el otro. Después
del impacto, el silenció apareció de nuevo, mientras gotas de sangre se diluían
lentamente en el agua. Así una piel plateada que hacía de espejo, una larga
espada que salía de su nariz y una imponente pose, se alejaba de la escena
flotando panza arriba, hacia la superficie.
Las lágrimas no dejaban de caer por mis
mejillas, al despertar. Con miedo noté que me había quedado dormido viendo el
acuario, que nada era real, que todo había sido solo un cuento de mi
imaginación y mis sueños.