lunes, 28 de julio de 2014

Simón, el rey del estanque


Por Jeferson Murallas


Una piel plateada haciendo de espejo, una larga espada en su nariz y una pose imponente surcaban las aguas del gran estanque. Simón, era temido por unos y admirado por otros. Sus grandes aspectos lo postulaban  como el rey de la laguna; título al que no le prestaba mucha atención, pues su único interés se enfocaba en un viejo baúl que permanecía en el fondo; lugar al que nadie se acercaba por su macabra presencia.

Los días de Simón eran tranquilos, pacíficos. Siempre hacía el mismo recorrido a través del estanque. Pero todo cambió de repente. La llegada de otro pez imponente hizo que la tranquilidad de Simón se perdiera. Raúl, un pez martillo, alimentado con esteroides durante toda su vida, se alzaba como una amenaza para Simón, ya que su título de rey hacía que fuese un punto de interés, junto a su baúl, que parecía ser el botín perfecto. Entonces, con un solo cruzar de miradas, la lucha quedó pactada. Todos, sin excepción, en el estanque notaron la terrible situación; cosa que los llevó a esconderse y a seguir desde las rocas, la fría escena.

Un día después, el silencio se mostraba como un presagio de muerte. La hora llegó. Un baile asombroso empezó entre ambos peces, que hacían movimientos con intención de intimidar al contrincante, pero las cosas no se solucionaron así. La verdadera batalla apenas se veía venir. Lastimosamente para Simón, los esteroides de Raúl era algo con lo que no podía lidiar. Lo más razonable para él era huir, pero su orgullo se lo impedía; adolorido, soportaba los golpes en su cuerpo.

Luego, se miraron, por un instante, se miraron fijamente e iniciaron una carrera donde solo uno de los dos saldría con vida. Chocaron en uno contra el otro. Después del impacto, el silenció apareció de nuevo, mientras gotas de sangre se diluían lentamente en el agua. Así una piel plateada que hacía de espejo, una larga espada que salía de su nariz y una imponente pose, se alejaba de la escena flotando panza arriba, hacia la superficie.


Las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas, al despertar. Con miedo noté que me había quedado dormido viendo el acuario, que nada era real, que todo había sido solo un cuento de mi imaginación y mis sueños.

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