Por Negger Prada Rincón
Anoche soñé que era
soldado y corresponsal de guerra, que viajaba en una avión con otros soldados y
que dábamos coordenadas al piloto para que disparara. Todo era muy confuso: el
avión se tambaleaba y veíamos estallar afuera los disparos y las bombas.
La verdad, no sentí
miedo en ningún momento. Era un honor estar ahí defendiendo a la patria o a la libertad o a lo que fuera el motivo de
nuestra guerra (que sin duda alguna,
debía ser algo importante, ya que estaba convencido de que matar era
necesario).
Recuerdo que todos creíamos que íbamos a
morir, y por eso el piloto descendió a
tierra para darnos un último gusto: comer hamburguesas en un puesto ambulante.
Mientras comíamos, el resto de nuestra
flota de aviones sobrevolaba la zona en dirección al sur.
Minutos después sólo
eran pequeños círculos en llamas, fragmentos de hierro y carne que se
precipitaban a tierra a causa de una emboscada enemiga. Entonces nosotros corrimos al avión, nos
subimos y despegamos sin haber terminado las hamburguesas. Pero ya era
demasiado tarde: el enemigo huía rápidamente hacía el horizonte, la noche cedía
con los primeros rayos de sol, y la muerte, que tanto esperábamos, se iba con
ellos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario