Por Karen Gisela Garcés Niño
Salí corriendo desesperado. Ahí estaba ella. Me
le acerqué y ni siquiera me miró. Cuando le pregunté por qué me ignoraba, me
respondió que no me estaba esperando a mí, sino al tren en el que llegaba. Dos
minutos después se marchó. Me pregunto ahora, si es acaso posible que, por
alguna extraña coincidencia, ella viaje sentada en el mismo asiento en el que yo venía.

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